Daniel Oro Rivera, un niño que es presidente de un Comité de solidaridad por los Cinco,  cuenta a JR sobre las cartas que escribe a Gerardo y de sus planes para continuar la labor por la libertad de esos hombres que siente cercanos

 Nyliam Vázquez García

Tiene 11 años y está en sexto grado. Me habla y me debato entre tomar nota y contemplarlo. Debo hacer mi trabajo. Opto por guardar los detalles de una breve charla, pactada con antelación en la cola para entrar al comedor.

Nos vemos dentro de un rato, le dije. Me prometió que sí.

Ya en el teatro, en medio de un bullicio ensordecedor y a pocos minutos de cerrar el III Encuentro Juvenil Internacional de Solidaridad con los Cinco, Andy Daniel Oro Rivera me cuenta por qué fue un delegado especial en el evento, aunque de ese detalle no era muy consciente.

Andy es el presidente de un Comité de solidaridad de más de 50 miembros. Todos son niños de su escuela, la Jesús Argüelles, de Las Tunas. Casi a la velocidad de la luz y mientras miraba para todos lados, como para no perderse nada de lo que pasaba a su alrededor, me comentó que ocho de los miembros del comité llegan a centros de trabajo y otras escuelas para «dar a conocer a todo el pueblo la causa de los Cinco».

Pero el orgullo mayor de este niño son las cartas que le ha enviado Gerardo.

¿Qué te dice?, le pregunto. Y los ojos se le iluminan, y Gerardo vuelve a dejar silenciosamente su solitaria celda en Victorville, California, para ser abrazado por un pequeño que tiene la edad que tendrían esos hijos suyos con Adriana, obligados a no nacer por obra del Gobierno estadounidense.

«No siempre se habla en las cartas de cosas tristes. Él y yo también discutimos, sobre todo en la pelota, porque es industrialista y yo soy tunero. Él me manda fotos y carteles que dicen “¡Industriales campeón!”, o invitaciones a que cuando quiera me pase para ese equipo, pero le digo que no, que yo soy fiel a mi causa».

Espera la siguiente pregunta y secretamente pienso en las ternuras provocadas por su fidelidad a un equipo de béisbol, que se parece esencialmente a la que le profesa a la causa de los Cinco, por la que sale todos los días a hablar de lo que cree, con las palabras nacidas de esos 11 años.

Andy se sabe de memoria la carta que Gerardo le escribió, en vísperas de año nuevo. Lo escucho y es él, y es Gerardo en su voz.

«Me imagino que habrá muchas fiestas. Dime si lo esperaste despierto», le pregunta el Héroe, el ser humano que sueña con uno o una como él.

Le cuenta Gerardo, en la complicidad compartida, que él ni siquiera podrá bañarse ese día, porque hubo un incidente en la prisión y están todos encerrados en una celda y que tampoco podrá llamar a Adriana, como quería.

El niño baja la voz y confiesa: «Él siempre me dice que nunca me descuide en los estudios».

Risueño comparte que ha hecho amistades de Ecuador, México, Estados Unidos, y que miembros del comité de solidaridad de Vancouver, Canadá, le regalaron unos afiches para enviárselos a su amigo.

Ahora tiene mucho por hacer. Su plan confeso es continuar la labor por la libertad de esos hombres que siente cercanos. Espera seguir recopilando cartas para enviarlas a la Secretaria de Estado y al Fiscal General de EE.UU., y que el mensaje llegue también a la Casa Blanca. Por primera vez mira fijo. Su firmeza deja sin aliento: «Señor Obama, usted es premio Nobel de la Paz. No cometa tanta injusticia».

A Gerardo de seguro lo estremeció la convicción de su amigo. Tendrán que ser millones.

Juventud Rebelde


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