MARÍA VICTORIA ERASO

No puedes recuperarlo con una búsqueda en Google. "Tú dices digo y yo digo diego", dice el refrán. La diferencia es sutil. Y sin embargo, en todo el mundo, de la Amazonía al Ártico, los pueblos indígenas dicen las cosas de 4 000 maneras distintas.

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La mayoría de las lenguas indígenas no se encuentra en los libros, ya se ha transmitido de manera oral.
Tristemente, ya nadie dice "digo" en eyak, una lengua del Golfo de Alaska, ya que la última persona que la hablaba con fluidez murió en el 2008. Tampoco en bo, una lengua de las islas Andamán, tras la muerte de su última hablante, Boa Sr, en el 2010. Casi 55 000 años de pensamientos e ideas, la memoria colectiva de un pueblo entero, murieron con ella.

La mayoría de las lenguas indígenas están desapareciendo a un ritmo mucho mayor del que pueden ser registradas. Los lingüistas del Living Tongues Institute for Endangered Languages creen que, de media, desaparece una lengua cada dos semanas.

Para el año 2100 podrían haber desaparecido más de la mitad de las 7 000 lenguas que se hablan en el planeta, de las cuales la mayoría aún no ha sido registrada. Su ritmo de desaparición es mayor incluso, que el de la extinción de especies.

A medida que los pueblos indígenas son expulsados de sus tierras y sus hijos son trasladados desde sus comunidades a sistemas educativos que los despojan de su sabiduría tradicional, y con las guerras, la urbanización, el genocidio, las enfermedades, los robos de tierra violentos y la globalización que continúan amenazando a los pueblos indígenas con su extinción, las lenguas indígenas van muriendo. Y con la desaparición de las tribus y la extinción de sus lenguas, fragmentos únicos de la sociedad humana se convierten en poco más que recuerdos.

El destino de las lenguas indígenas es el mismo en todo el mundo. Antes de que los europeos llegaran a América y Australia, en cada país se hablaban cientos de lenguas complejas. Hoy, ni la lengua yurok de California ni el yawuru de Australia Occidental cuentan con más de un puñado de hablantes.

Entre los indígenas pies negros de las llanuras del noroeste de Norteamérica es extraño encontrar a una persona de menos de 20 años que hable su lengua nativa, el siksika: la mayoría de los hablantes son grupos menguantes de ancianos. Cuando las lenguas se convierten en algo exclusivo de los ancianos, los sistemas de conocimiento inherentes a ellas peligran.

Para el resto del mundo, esto significa que modos únicos de adaptarse al planeta y de responder de forma creativa a sus retos se van a la tumba con los últimos hablantes. En un mundo de inseguridad ecológica, esto supone una gran pérdida. De hecho, a los niños no se les habla en muchas de las lenguas indígenas del mundo.

Impedir a un pueblo indígena comunicarse en su propio idioma es, desde hace mucho, una política adoptada por las autoridades dominantes para marginalizar sus modos de vida.

En Canadá, los niños inuit tuvieron que abandonar sus hogares para ser enviados a internados, donde recibían palizas si se comunicaban en su lengua materna.

La mayoría de las lenguas indígenas, sin embargo, no se encuentra en los libros. Ni en Internet. Ni, de hecho, en ninguna documentación, ya que la mayoría de ellas se ha transmitido de manera oral. Pero esto, por supuesto, no las hace menos válidas, o relevantes.

Las lenguas orales también graban su historia paralela. "La verdadera historia de Australia nunca se lee", escribió un poeta aborigen. "Pero el hombre negro la guarda en su cabeza", un pensamiento que encuentra ecos en la simple afirmación de la mujer bosquimana Dicao Oma: "Tenemos nuestra propia habla".

Un buen ejemplo es el quechua, la lengua indígena más hablada en Sudamérica. Lleva mucho tiempo en un lento declive, pero ahora se hacen esfuerzos por revivirla. Incluso, el estudioso Demetrio Túpac Yupanqui tradujo el Quijote a su lengua materna.

Documentar y salvar lenguas antiguas es completamente posible, y de hecho es más fácil con las nuevas tecnologías de la comunicación: mensajes de texto, redes sociales y aplicaciones de iPhone.

Al fin y al cabo, la muerte de las lenguas indígenas no es importante solo para la identidad de sus hablantes (como dijo el lingüista Noam Chomsky, una lengua es "un espejo de la mente"), sino también para todos nosotros, para nuestra humanidad compartida. Las lenguas indígenas son lenguas de la tierra, llenas de información geográfica, ecológica y climática compleja que, aunque está basada en el ámbito local, es universalmente significativa.

"Dicen que nuestra lengua es simple, que debemos abandonar nuestra simple lengua para hablar la vuestra", escribió el inuit Simon Anaviapik. "Pero esta lengua mía, tuya, es lo que somos y lo que hemos sido. Es el lugar donde encontramos nuestras historias, nuestras vidas, nuestros ancestros; y también debería ser donde encontrar nuestro futuro". (Fragmentos tomados de Adital)

GRANMA


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