_ PEDRO DE LA HOZ
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Tan acostumbrados estamos a verlo sobre el podio, presto a ejecutar su instrumento favorito, la orquesta, que a veces no tomamos en cuenta suficientemente la dimensión de Guido López Gavilán como compositor.

Para los cantores y los amantes de la música coral no es noticia, puesto que el catálogo de Guido para este tipo de agrupaciones es visitado con frecuencia dentro y fuera de Cuba. Pero salvo quizás Guanguancó, ampliamente difundido incluso como telón de fondo de menciones audiovisuales, va siendo hora de situar al maestro en su real dimensión como autor de obras que enriquecen el acervo instrumental en la isla.

El concierto de mediados de la pasada semana en la Basílica Menor de San Francisco permitió al auditorio —y gracias a Producciones Colibrí y al sello fonográfico La Ceiba, de la Oficina del Historiador de la Ciudad, lo hará posible a otros públicos— recorrer diversas instancias de los aportes de Guido a la música de cámara.

En un inicio, la travesía cubrió estaciones dedicadas a la orquesta de cuerdas, a la medida hoy del conjunto Música Eterna, que López Gavilán fundó y dirige. Resultó interesante observar la progresión del lenguaje desde los destellos debussyanos en De cámara traigo un son (1977) hasta el suntuoso e imaginativo despliegue rítmico en Ritmarc (2008).

En el cierre, con el antecedente de haber escrito originalmente la pieza para saxofón y orquesta, la conjunción de virtudes que se despliegan tanto en la concepción estructural como en la exploración de las posibilidades tímbricas y discursivas de la alianza entre la formación de cuerdas y el Trío Concertante de La Habana (Leonardo Gell, piano; Fernando Muñoz, violín; Dianelys Castillo, clarinete), afloró en Variantes, coral, leyenda, en una versión recién cocida en el horno de la creación.

Mas para este cronista, el verdadero descubrimiento estuvo en la zona de la producción para instrumentos solistas. Para Dianelys Castillo, inteligente y bien dotada artista, escribió Clariloquio, pieza que responde legítimamente a la estética de las vanguardias europeas de la segunda mitad del siglo pasado —pienso en el italiano Luciano Berio y hasta cierto punto en el polaco Krzystof Penderecki—, pero con una dosis de ingenio y un sentido del humor que la sobrepasan.

Y habrá que en lo adelante colocar entre las páginas cubanas más retadoras y fundamentales para piano a Toque, obra a la que Leonardo Gell, con su temprana maestría, extrajo su concentrada y medular esencia dual: la densidad litúrgica que recrea la mística de los tambores batá y el vuelo de un pianismo de altura.

Otros dos momentos matizaron el itinerario sonoro de la velada. En uno, Aldo López Gavilán Junco repasó los cuatro estudio-miniaturas, Canciones para Aldito, concebidos por su padre para que en los no tan lejanos tiempos de iniciación desarrollara habilidades técnico-expresivas desde nuestra particularidad identitaria. En otro, ese Guido sentimental y deudor de la tradición popular, se reveló en Como un antiguo bolero, sensiblemente ejecutado por el Trío Concertante.

GRANMA




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