ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu
Cáustico, como sabe serlo, el director Juan Carlos Cremata dijo en el estreno oficial de Chamaco, en la sala Charles Chaplin, que espera que los que reprodujeron su copia de trabajo, hace casi dos años, y la vendieron en DVD, se encarguen ahora de hacer lo mismo con la película terminada.
Lo cierto es que hay una enorme diferencia de ajustes técnicos entre aquel filme exhibido, aún sin terminar, como apoyo a la entonces llamada Muestra de Nuevos Realizadores, y este que ahora se estrena en los cines.
Hace dos años, entusiasmado por lo que dejaba ver aquella primera copia, escribí largo sobre Chamaco, y ahora, tras verlo concluido, no puedo menos que volver sobre algunos conceptos y esgrimir otros nuevos.
No muchas veces como ahora, teatro y cine han coincidido en su afán de construir una historia terrible, demoledora, y al mismo tiempo hermosa. Es cierto que la obra de Abel González Melo, con su impronta perfectamente asimilada de tragedia griega y sus innegables aportes artísticos, tiene todos los componentes esenciales para triunfar, pero es cierto también que otras piezas que también brillaron en las tablas, luego resbalaron fatalmente en su paso al cine, algunas en manos de importantes realizadores.
Habría que hablar entonces de sensibilidad y pericia.
Sensibilidad comulgante entre el dramaturgo y el cineasta (sin olvidar la puesta en escena de Carlos Celdrán) y pericia del cineasta en la creación de la nueva urdimbre cinematográfica, que entre sus muchos retos tiene dos esenciales: mantener el pulso dramático en una historia libre de ligerezas de corte costumbrista y, sin jugar a ser Hitchcock ––ese suspenso tan manoseado––, ser capaz de ocultar justo hasta los finales el cierre del conflicto.
Desde la primera vez que vi Chamaco pensé en Pasolini y en sus filmes, que se nutrían de "las cosas tremendas" de la sociedad, filmes que horrorizaban a la burguesía italiana porque, según ella, el artista exportaba con sus películas la visión de un mundo tan podrido como decadente, una manera errónea de pensar y exigirle al cine con la que ––desde las características de nuestras realidades sociales y de algunos pensadores nuestros–– tuvimos que lidiar durante algún tiempo, pero que la buena razón y el sentido común se encargaron, en buena medida, de poner en su sitio a partir de un concepto que pocos se atreven a discutir hoy día: el cine, en clave de transposición poética —que tal es el caso de Chamaco–– y en muchas otras claves, también sirve para ver y tomar conciencia de lo que no nos gusta.
Historia universal la de Chamaco ––de esas que pueden ocurrir en cualquier lugar del mundo––, pero principalmente una historia que nos pertenece, marcada por un extraviado sentido de la vida y un aplastamiento de índole espiritual motivados ––en grado nada desdeñable–– por las dificultades materiales que transitan los protagonistas, tan múltiples y contradictorios, tan buenos y malvados ellos, como a ratos suele ser la vida misma.
Pasiones, ambiciones, celos, sexo, mucho sexo, en este caso recurriendo a una arquitectura de relaciones homosexuales artísticamente justificada; Chamaco, su equipo de realizadores, sus actores, al saber combinar el drama de ribetes existenciales con el trasfondo social que lo dispara, concretan lo más difícil de cualquier historia: hacerse creíble, aun desde lo más tremendo.
GRANMA
rolando.pb@granma.cip.cu
Cáustico, como sabe serlo, el director Juan Carlos Cremata dijo en el estreno oficial de Chamaco, en la sala Charles Chaplin, que espera que los que reprodujeron su copia de trabajo, hace casi dos años, y la vendieron en DVD, se encarguen ahora de hacer lo mismo con la película terminada.
Lo cierto es que hay una enorme diferencia de ajustes técnicos entre aquel filme exhibido, aún sin terminar, como apoyo a la entonces llamada Muestra de Nuevos Realizadores, y este que ahora se estrena en los cines.
Hace dos años, entusiasmado por lo que dejaba ver aquella primera copia, escribí largo sobre Chamaco, y ahora, tras verlo concluido, no puedo menos que volver sobre algunos conceptos y esgrimir otros nuevos.
No muchas veces como ahora, teatro y cine han coincidido en su afán de construir una historia terrible, demoledora, y al mismo tiempo hermosa. Es cierto que la obra de Abel González Melo, con su impronta perfectamente asimilada de tragedia griega y sus innegables aportes artísticos, tiene todos los componentes esenciales para triunfar, pero es cierto también que otras piezas que también brillaron en las tablas, luego resbalaron fatalmente en su paso al cine, algunas en manos de importantes realizadores.
Habría que hablar entonces de sensibilidad y pericia.
Sensibilidad comulgante entre el dramaturgo y el cineasta (sin olvidar la puesta en escena de Carlos Celdrán) y pericia del cineasta en la creación de la nueva urdimbre cinematográfica, que entre sus muchos retos tiene dos esenciales: mantener el pulso dramático en una historia libre de ligerezas de corte costumbrista y, sin jugar a ser Hitchcock ––ese suspenso tan manoseado––, ser capaz de ocultar justo hasta los finales el cierre del conflicto.
Desde la primera vez que vi Chamaco pensé en Pasolini y en sus filmes, que se nutrían de "las cosas tremendas" de la sociedad, filmes que horrorizaban a la burguesía italiana porque, según ella, el artista exportaba con sus películas la visión de un mundo tan podrido como decadente, una manera errónea de pensar y exigirle al cine con la que ––desde las características de nuestras realidades sociales y de algunos pensadores nuestros–– tuvimos que lidiar durante algún tiempo, pero que la buena razón y el sentido común se encargaron, en buena medida, de poner en su sitio a partir de un concepto que pocos se atreven a discutir hoy día: el cine, en clave de transposición poética —que tal es el caso de Chamaco–– y en muchas otras claves, también sirve para ver y tomar conciencia de lo que no nos gusta.
Historia universal la de Chamaco ––de esas que pueden ocurrir en cualquier lugar del mundo––, pero principalmente una historia que nos pertenece, marcada por un extraviado sentido de la vida y un aplastamiento de índole espiritual motivados ––en grado nada desdeñable–– por las dificultades materiales que transitan los protagonistas, tan múltiples y contradictorios, tan buenos y malvados ellos, como a ratos suele ser la vida misma.
Pasiones, ambiciones, celos, sexo, mucho sexo, en este caso recurriendo a una arquitectura de relaciones homosexuales artísticamente justificada; Chamaco, su equipo de realizadores, sus actores, al saber combinar el drama de ribetes existenciales con el trasfondo social que lo dispara, concretan lo más difícil de cualquier historia: hacerse creíble, aun desde lo más tremendo.
GRANMA


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