_ Escudo antimisiles

Desde hace varios meses Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) han estado buscando las cosquillas del Gobierno ruso, mediante la instalación de componentes del escudo antimisiles europeo en países del Este del continente. Como es común, Washington defiende esta provocación alegando que Irán y Corea Democrática suponen una amenaza extrema a su seguridad y la de Europa.

Pero todos saben, y Moscú más que nadie, que con los intereses expansionistas de la Casa Blanca no combina el fortalecimiento de una Rusia que es perfilada como la eterna némesis de Washington, a veces dormida, pero que cuando despierta puede hacer tambalear al más potente de los imperios.

Este miércoles el presidente ruso, Dimitri Medvedev, ordenó el despliegue de nuevos sistemas de armamentos en respuesta a la salida de Estados Unidos del Acuerdo de Armas Convencionales en Europa, y advirtió la posibilidad de abandonar el Tratado de Reducción y Limitación de armas nucleares, también conocido como START.

Medvedev incluyó en el programa de combate una estación de radiolocalización ubicada en el enclave báltico de Kaliningrado, donde se desplegará de inmediato un radar de alerta temprana contra misiles, y también dispuso el reforzamiento de la seguridad en instalaciones de las fuerzas estratégicas del Kremlin que pudieran verse amenazadas.

El mandatario añadió que si las referidas medidas fueran insuficientes, Rusia se reserva el derecho de desplegar en su porción europea armamentos para destruir instalaciones del propio escudo antimisiles de la OTAN.

En tanto, el secretario general de la Alianza Bélica, Anders Fogh Rasmussen, declaró que Estados Unidos no modificará su escudo en Europa y presagió "reminiscencias del pasado" si se materializan los planes rusos. Hablando del pasado, quizás Washington recuerde las batallas de Borodinó y Stalingrado. No todos los caminos conducen a Moscú. (Aliana Nieves Quesada)

GRANMA

 


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